Algún día de mi futuro escribiré que el día de muertos es siempre especial porque desde que mi memoria me alcanza para recordar, mi padre y yo visitamos el panteón. Desde muy niña nos ibamos a cazar fantasmas y a arreglar tumbas de los muertos del 84, entre ellos el abuelo. Él murió hace 22 años de cáncer, nunca lo conocí pero desde siempre le guardé un gran respeto por ser el único muerto en la familia, y no conforme con eso consiguió lo que pocos han logrado, no ser recordado ni reemplazado, el abuelo simplemente se murió y se quedó ahí en esa tumba, en ese cerro, bajo esos árboles. Papá me preguntó si iríamos este año, yo respondí que si y nos fuimos. Buscamos las flores casi llegamos al centro y nada, los floreros, floristas y florences se escondieron. De pronto, frente a nosotros no uno de ellos, sino una pick up que en la parte trasera traía un ataúd semitapado con una caja de cartón además de unas palas y picos...llegamos a un panteón medio raro, compré las flores y nos fuimos. Pocas veces mi padre y yo charlamos camino a algún lado, siempre hace chistes como que desde que aprendí a manejar freno cuando él va demasiado aprisa. Y así ibamos entre risas y silencios, entre el calor y el viento. Comenzamos a subir la cuesta, que en esta ocasión me pareció más grande que hace años. Llegamos y algunas de las tumbas ya tenían flores. Podía percibirse aún la tumba del abuelo rayada por los malandros pero firme al paso del tiempo. Es que aquello ya no es un panteón, sólo están los muertos del 84 ahí, a algunos los han sacado, en cambio, las tumbas de otros se han derrumbado dejando ver las cajas un poco apolilladas pero resguardando aún los restos. Junto a nosotros un hombre no mayor de 40 años dentro de su jetta negro, con sus lentes oscuros, en un silencio abrumante, con una expresión de pérdida continúa. ¿cómo era posible que a más de 20 años la muerte ocurrida durante su adolescencia le trajera tan prolongada tristeza?. Estuvimos un rato ahí, le pusimos algunas flores y guardé otras para mi tío. Nos fuimos. Atravesamos toda la ciudad por el pacífico y periferico, el aire no era escaso, marejadas de oxígeno se hundían dentro de nuestros pulmones hasta hacerlos exhalar la vida. Calle segunda, panteón Jardín. Ahí llevamos a mi tío cuando nos cansamos de tenerlo como adorno en la sala, cuando la casa comenzó a oler a muerto y nuestra propia sombra a espantarnos. Entramos y la fiesta era sin duda mayor a la del 10 de mayo. Mariachis, banda, pic nic, flores y más flores. La pared donde está mi tío es el -1-0 dentro del plano cartesiano. Es díficil dejarle flores, pero un señor nos enseñó cómo atravesando una liga de palmo a palmo y atorarlas así. Estuvimos ahí otro rato, mientras algunas señoras quemaban mirra y no sé que más,pero la verdad olía bastante mal. Después nos fuimos como todos, como esos que creen en la muerte sólo porque están vivos y ese momento nunca les llegará porque aún creemos en la inmortalidad de los recuerdos y en las promesas que leí escritas en las criptas, realmente pocas, muy pocas cumplidas. Si, algún día seré yo quien escriba que los momentos que más disfruto con mi padre son los que se viven en día de muertos. |