Era parecidad a la de la fotografía en mi escritorio. Sólo que ella era notablemente más joven y alegre. Sensata, eso sí, más allá de la sensatez que yo pudiese llegar a presumir. Su cabello oscuro y lacio me recordaba con nostalgia cuanto he deseado tener el cabello así en las mañanas de agosto, cuando el carlor se vuelve insoportable y los rizos no logar más que un efecto de sofoco dentro de tu cabeza. Toda esa rectitud inquebrantable en su persona no dejaba de asombrarme, ese porte un tanto arrogante, las comisuras de sus labios con ese toque dulce que produce la natural dulzura. Era ella en una no tan vieja fotografía escolar, con su blusa blanca bien abotonada, con su sueter guinda como yo ahora, por eso se me hace tan parecida a mí, pero la verdad es que yo sólo aspiro a ser como ella, con sus ojos oscuros y su mirada simple que sin embargo no llega a ser aburrida, una mirada que no ha padecido más que felicidades, unos ojos que saben que soy yo quien los mira, esperando un poco ser como era ella. |