“Pasajeros con destino a la ciudad de Los Cabos favor de abordar por la puerta 5...”eran cerca de las 6:33 pm y el aeropuerto de Puebla estaba tan desolado como cualquier otra tarde de octubre. Las escasas sillas eran ocupadas y desocupadas con tanta facilidad que era imposible recordar quién había estado apenas un segundo atrás sentado ahí. Manuel, cuyo tiempo de espera se ocupó en deletrear los letreros u hojear las revistas, tomó sus maletas, inspeccionando por última vez el lugar que no habría de traerle ningún recuerdo (ni siquiera lejano) de sus 3 días en la ciudad de los Ángeles. La chica del mostrador sonreía con ánimo complaciente a todos los pasajeros al tiempo que revisaba su boleto y hacia un comentario sobre el clima, algo áspero y fugaz para la temporada. Abordó sin ningún interés particular y pretendiendo dormir durante todo el mundo. A Manuel le agradaban los viajes, pero este no le trajo la misma felicidad de uno planeado por él mismo y por placer. El trabajo se complicó las últimas semanas, tenía que revisar esos asuntos personalmente. Los 3 días en una Puebla colonial dentro de una oficina revisando costos, perdidas, proyectos, sólo le producían la satisfacción personal de arreglar los problemas sin ayuda del jefe. Ventanilla 8E. Todo comenzaba no a quedarse atrás sino debajo de todo, principalmente de las nubes. La azafata le ofreció café pero lo rechazó porque no se le antojó ese sabor amargo y a la vez dulce con que suelen servirse los cafés instantáneos. Pronto pudo perderse entre la niebla, sin una palabra, sin un suspiro que le recordara su existencia. Manuel salía de la Oficina de Correos cuando iba pasando una manifestación (de esas que suelen inundar la ciudad todo el tiempo), sin interés en tantas peticiones y el tráfico se dedicó a caminar y buscar en el mapa cómo podría llegar a la Alameda Central, el transporte público le asustaba y no sabía si el tramo era tan extenso como para preferir el metro, aunque pensó que quizá estuviera tan cerca que no tendría la necesidad de seguir buscando cuando ya se encontraría a su mismo sentado en una banca para descansar de tanta búsqueda. Hacia tanto calor que llovería de un momento a otro, eso le preocupaba de alguna forma puesto que, había dejado olvidado el paraguas en su habitación del hotel. Manuel notó que eran las 5:00pm cuando una enorme gota pareció manchar el piso de adoquines pintados, se pensó de alguna forma tarde para llegar a algún lugar, sin embargo, Manuel no tenía una cita, ni siquiera tenía un lugar a donde ir que no fuera esa habitación de hotel en la que se sentía tan solo como en la profunda ciudad. Sumergido en los rituales del tiempo trataba de agendar el plan para la mañana siguiente. Tomó el metro y se deslizó por los subterráneos, para luego caminar un poco comprar su café e irse al cuarto a dormir. Manuel no era tan monótono. Ni tampoco la vida lo hizo así. Tan sólo buscaba otras expectativas. La hora había cambiado sin demora aunque aparentemente precipitándose sobre la noche. Los pocos viajeros dormían o conversaban a lentas pausas. Tenían prisa pero la disimulaban. Los murmullos se fueron apagando mientras las luces de Los Cabos se fueron encendiendo y aproximando. Manuel aún inconsciente de su existencia y agotado por el trabajo logró desprenderse del sueño que llevaba a cuestas para despertar a la realidad visible. Revisó la agenda e hizo algunas anotaciones, era tarde y no sabía quién estaría en el andén esperando su regreso. Quizá sea Martha, pensó con añoranza de los tiempos. Abrochó su cinturón y espero tocar tierra para relajarse un poco. Recogió las dos maletas cuya compañía siempre era importante en los viajes, el verano de la ciudad le hacia parecer obsoleto el saco azul a rayas que llevaba puesto. Salió al andén a la espera de Matha cuya imagen lejana parecía más próxima, sin embargo ella no estaba ahí. Quizá por alguna razón debió demorarse, pensó. El lugar estaba atiborrado de turistas y decidido a esperarla acudió al café del aeropuerto por un capuccino doble...“Pasajeros con destino a la ciudad de México favor de abodar por la puerta 3...” Tomó sus maletas dispuesto a abodar el avión (rumbo a sus vacaciones). |