¿Qué hora debía aquella que por su impaciencia imberbe, desmedida, un tanto fugaz pero soñadora, de amaneceres furtivos, de cuerpos cautivos, de lejanos sonidos, no le harían olvidar lo que alguna vez fue, construyó, amó, destruyó, enterró, desapareció, porque todas esas explicaciones están en los números, la lineas, las llaves, los semáforos, los triángulos que ya no importa si son equilateros o isosceles, porque los corazones no saben de figuras geométricas y ella no llega, mientras nadie la espera, las manecillas giran una vez más, hacia atrás? |